Descubrí la biblioteca pública el verano del 72 como inmigrante recién llegado a El Paso, Texas. Era un tráiler, una “treila” le decían los vecinos, como muchos de los que aún se ven en las colonias de familias mexicanas de esa ciudad fronteriza tan azotada por la pandemia hoy en día.

El 72 era el Año de Juárez y en la librería, que confundiámos con el inglés library, encontré la biografía del Benémerito de San Pablo Guelatao. Allí se volvío de carne y hueso Pancho Villa, héroe de mi padre que contaba las hazañas del Centauro del Norte como si él mismo hubiera participado en la Batalla del Carrizal de 1916, un año antes de nacer. Con todo un aire acondicionado de primera, la Biblioteca también era refugio contra el calor que aún a mediados de octubre podía llegar a los 30 grados.

Al otro lado del Río Bravo, que descubrí como Río Grande en los mapas en inglés, yo recuerdo haber ido a librerías o papelerías a comprar los útiles escolares que nos pedían la señorita Norma y la profesora Emilia. Ellas eran las maestras recién llegadas al ejido donde crecí. Ahora nuestra escuela finalmente tendría de primero a sexto grado y no tendríamos que ir en los camiones del Trasporte Valle de Juárez, al otro pueblo que quedaba a 10 kilometros, para terminar la primaria. El recorrido de los camiones azules era de Ciudad. Juárez a Porvenir, un pueblo al final de la ruta con puntos intermedios como Loma Blanca y Tres Jacales que en ese momento, y aún hoy, suena como un destino mágico digno de un texto de Juan José Arreola o García Márquez.

Pero nunca fuimos a una biblioteca. Esa palabra, esa experiencia fueron ajenas durante mis 6 años en salones de clase con piso de tierra y sin calefacción en la Escuela Rural Federal Primero de Mayo, Ejido de Zaragoza, rodeada de sembradíos de algodón, en las afueras de esa ciudad que unos años mas tarde padecería la trageida de feminicidios y balaceras entre grupos de narcos.

A finales del sexenio de López Portillo el ejido recibió varias cajas de libros como parte del recien creado INEA: Instituto Nacional de Educación para los Adultos. Una de mis cuñadas terminó de encargada para crear una Casa de la Cultura que incluiría una biblioteca. Fue la primera vez que escuché la palabra biblioteca al otro lado del Río. He preguntado a familiares de ambos lados de la frontera pero nadie recuerda en que terminó ese proyecto. Lamentablemente, a casi 40 años de distancia, esa zona sigue sin biblioteca alguna.

La biblioteca pública quedaba en la Calle Alameda, frente a la Misión del Pueblo de Ysleta del Sur que fundaron los españoles a fines del siglo XVII, después de la rebelión de los Indios Pueblo al norte de Nuevo México. Los refugiados de la revuelta, españoles e indígenas, se desplazaron hacia el sur para asentarse a orillas de ese gran Río Bravo en 1681.

Para mí ese espacio fue decisivo en mi formación como lector y después como bibliotecario, una profesión que ni me planteaba en esos momentos, y la cual llegué por accidente, pero eso es para otra ocasión. Al leer el Yo pecador, autobiografía del tenor mexicano José Mojíca, soñaba con ser cantante de opera o fraile franciscano, algo mas para el próximo relato.


En ese espacio de escasos 30 metros de largo por 6 de ancho fue donde empecé a descubrirme a mí mismo, mucho antes de saber que lo que yo era tenía nombre. Lo recuerdo como si fuera ayer: el momento en que encontré imágenes del nadador Mark Spitz, héroe olímpico de Munich, en las páginas de la revista Time. Allí, en medio del desierto y tan lejos de Dios, esa biblioteca y sus libros me dieron el nombre exacto de las cosas. 

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